Un poco de mitología individual o mititos

viernes, 3 de marzo de 2017

¿Cómo resuelvo mis temores profundos? O ¿distiendo mis tensiones vitales?

Inicialmente trataré de individualizarlos, es decir, ponerles un nombre que no provenga de “lo que se dice”, sino que surja como descripción de lo que sucede.

Temor a la enfermedad, que puede aparecer con diferentes temas, aunque con un mismo argumento. Quiero decir: puede estar relacionado con la piel, con los huesos, con los órganos internos, o con el accidente, etc. El argumento va hacia la decrepitud y la muerte.

Temor a la soledad, a la falta de afecto y al abandono. Asunto relacionado con las otras personas de una manera central y muchas veces también con la pobreza. Ya sea por errores propios o fatalidad y también por la enfermedad, locura o vejez; quedar en situación de indefensión económica y afectiva.

Temor a la muerte, no sólo como anulación del mundo material y todo lo que eso implica, sino también como temor a los dolores, asfixia y otros tipos de padecimientos que, en el transito entre la vida y la muerte, pueden amenazar.

Temores “apocalípticos”, a veces en forma de desastres naturales, accidentes fatales, pestes y enfermedades, guerras, etc. También con argumentos de enfermedad, dolor, soledad y muerte.

Todas estas cuestiones de temores individuales son de fácil extensión hacia los seres más queridos y hacia conjuntos humanos amplios.

Creo que con estas menciones estamos ubicados ya en algo medular, estas “sombras” si estuvieran presentes de manera permanente en la vida cotidiana y en la proyección futura, la cosa se complicaría, pero parece que en la presencia diaria se está ante otros argumentos que permiten de alguna manera “poner en caja” a los temores mencionados. Estas historias pasan por calificar a gente con actitud positiva en oposición a los negativos, gente valiente, gente nihilista, gente que “no piensa” y hace, etc.

Es evidente que todas las posibilidades que se ilustran desde el temor, están presentes en la vida cotidiana, aunque no la tengamos en nuestra vida la podemos identificar en otros, cercanos o lejanos. Por ello es claro que algo se hace para desplazar las imágenes negativas e intentar vivir la vida de otro modo, al abrigo de diferentes esperanzas.

Este quehacer se apoya en las famosas “creencias” y estas son adaptaciones, culturales y personales de viejos y nuevos mitos.

Para mencionar algunos de ellos podemos citar al dinero, como un nuevo mito (ascendido de categoría) que “asegura” exorcizar a gran parte de los temores a futuro que se pueden tener en estos tiempos. Aunque la realidad indica que su eficacia para evitar el resultado final es discutible.

Otro mito es el del cuidado del cuerpo, alimentación, deporte, etc. sin discutir su acierto práctico, se está mencionando su valor de creencia que permite desplazar la presencia perturbadora de los temores o como mínimo mantenerlos a raya, sobreponiéndose a ellos por el propio esfuerzo o algo de “disciplina”.

El compromiso “afiebrado” con los otros o con el mundo en cualquier tipo de manifestación (pueblo, ecología, animales, política, etc.). Hay que insistir que estamos poniendo el acento en el argumento de apoyo y no en la necesidad real de hacer estas acciones o intentos.

Hay otro mito que lo podemos citar como: el “disfrutar la vida" como lo más importante o en “vivir el momento” tan estimulado hoy desde el consumo en cualquiera de sus formas y que, en tandem con ciertas tendencias espiritualistas, configuran un punto de apoyo o creencia en estos tiempos. Una manera de “no pensar” y acumular disfrute de manera que éste vaya llenado todo el espacio y reduciendo al mínimo los temores o por lo menos “dormirse” a su presencia.

Como no mencionar a viejos mitos que aunque aparentemente, para las grandes mayorías, han perdido su lugar aun se mantienen vigentes. Ser bueno o justo por temor a dios o a otra entidad y en general, temor a todo lo que el “pecado” puede atraer. También sumando a este “aderezo” el sentimiento de culpa, factor que da su bofetada a quien se aparta del sendero.

Por ultimo, la creencia de que esas otras creencias no sirven para nada y que finalmente la muerte avanzará indefectiblemente, así como la enfermedad y la vejez, esta actitud de no “luchar” porque no se puede ganar es también una manera de “protegerse” en el nihilismo y en “no querer nada”, así no perturbará su perdida.

Imposible hacer un listado completo, pero hasta aquí, creemos, se logró ejemplificar cómo las creencias y mitos van dando un punto de apoyo para vivir en esta suerte de cuerda floja donde los temores acechan más o menos cercanos y las esperanzas, a veces falsas, dan el balance en lo inestable.

No podemos negar la situación provisoria de la vida, no podemos negar tampoco la necesidad de contar con puntos de apoyo para vivir e ir hacia el futuro. Ni dejar de advertir que, hoy, todo el panorama está muy agitado y es altamente inestable.
Esta vibración, es también una facilidad pues su voluble dinámica nos permite “salirnos” un poco de la situación y observarla.

En este sentido claramente las antiguas creencias, en situaciones límites, tienen más fuerza que las buenas teorías que se pueden haber incorporado después. Esto habla de un nivel de profundidad de lo antiguo que sólo se puede equiparar a, algo nuevo profundo, para que se pueda desplazar lo anterior o dicho de un modo distinto, para que lo nuevo reemplace a lo viejo. Ese nivel de profundidad no es cercano y es sólo la experiencia la que llega ha esas profundidades. No bastan las buenas intenciones o la voluntad, así como parecen no bastar hoy las desgastadas visiones que se han tenido del mundo. Un mundo en permanente cambio, crisis y donde el futuro -individual y general- se aparece incierto.

No es poca cosa lo que toca en estos tiempos. Por mi parte no tengo una salida, aunque si la desfachatez de tratar el tema. Porque en definitiva estamos viviendo una época histórica, que traduce en los individuos toda esta situación, a la que cada cual trata de campear como puede. Aunque aquí se esté cuestionando su tino o su acierto para sostener, en la esfera más intima, un futuro abierto.

Por eso con el nacimiento de un nuevo mito, es donde se abre el futuro, pero éste tiene que nacer como experiencia en mi interior, no como un eslogan o sólo como una buena idea. Ese “mundo interior” tampoco es un paraíso en el cual me pueda “refugiar”, pues se continua en un mundo externo, necesitado de humanización, en movimiento constante.

Ese interior un tanto desconocido y que además se aparece como infinito. Tal vez en ese “mundo interno” me pueda encontrar con inspiradoras y bondadosas evidencias...
Así, desde esas sospechas, comenzar a configurar el mito del ser humano futuro.