Cada momento histórico-social instala en la conciencia de las personas ciertas creencias que se imponen a la percepción, incluso cuando la realidad muestra lo contrario. Lleva su proceso que aquello que se ve configure una nueva creencia. Muchas veces usamos el ejemplo medieval de la creencia de que "nada más pesado que el aire puede volar", afirmada por alguien que, en ese mismo instante, debía esquivar el vuelo rasante de un pájaro.
En la actualidad, parece imponerse la creencia de que los poderosos son invencibles o que la gente común nada puede hacer. Esto ocurre aun cuando se verifica reiteradamente, y en diferentes escalas, que la gente unida consigue logros reales.
Los autoproclamados dirigentes debieran asumir que ya no conducen. El eje de transmisión está roto: ellos giran para un lado y las ruedas de la sociedad siguen otro curso. Se basan en supuestos que la realidad desmiente, pero no logran captarlo. Por ejemplo, en Argentina, el año pasado daban por sentado que el electorado repudiaría con su voto el apoyo de ciertos intereses externos, y quedaron en shock cuando esa intromisión produjo el efecto exactamente inverso. Ese shock demostró que su paisaje mental es viejo: pretenden leer la realidad con un manual de hace veinte años, sin entender que la base social mutó.
Estos cambios en los "códigos" de la base social son dinámicos. Además, se van sumando nuevas generaciones con otros paisajes culturales que las encuestas no logran registrar. No alcanza con medir; hay que bajar a escuchar a los ciudadanos y llenarse del sentir de las personas comunes para captar esos nuevos códigos. Se trata de escuchar para unir y no para dividir, de oír para aglutinar, bajando al llano para mostrar un interés legítimo por la gente. Solo así se puede intentar, realmente, representarlos.
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