No estamos ante una crisis pasajera, sino ante la disolución de un orden que no responde a lo humano. ¿Es posible detener el avance de los "fuertes" usando las mismas banderas que ya fallaron? Las siguientes líneas exploran la urgencia de dar vuelta la página y la necesidad de rediseñar nuestro futuro.Los recientes acontecimientos en América Latina, además de ser absolutamente repudiables, desnudan una realidad propia de este primer cuarto del siglo XXI. La violencia es condenable en todos sus bandos; no existe una aceptable y otra que no lo sea. Este es un principio de la ética humanista que aspiramos regule el futuro. Sin embargo, nos encontramos en un escenario distinto: uno de disolución, donde impera la ley del más fuerte y la primacía del dinero y el poder por encima de lo humano.
Apuntes para un diagnóstico de una crisis estructural:
- El predominio del capital: El dinero se ha consolidado como el eje y valor absoluto de la estructura social.
- El agotamiento de los sistemas: Tanto las democracias formales como los modelos socialistas han fallado en sus promesas fundamentales.
- La deuda social persistente: Millones de seres humanos no han logrado una calidad de vida digna, aun bajo Estados protectores.
- Colapso ambiental y urbano: El modelo de la vieja Revolución Industrial continúa deteriorando el ambiente, volviendo inviables a las grandes ciudades.
- Instituciones vaciadas: La justicia internacional y organismos como las Naciones Unidas han perdido su contenido o han quedado subordinados al poder económico.
- Crisis de representación: Las organizaciones sindicales, los Estados nacionales y los representantes del pueblo han perdido su eficacia y legitimidad.
- El avance de los "fuertes": Su avance no responde solo a una "locura" individual, sino a una posibilidad real: pueden hacerlo porque las estructuras mencionadas han fracasado.
Por lo tanto, y en respeto a la brevedad que demandan estos tiempos, este avance representa un paso evolutivo en el sentido de que confirma la caída de un "orden" y nos obliga a dar vuelta la página. Estamos ante la necesidad urgente de repensarlo todo.
No será levantando las banderas de la justicia internacional, los derechos humanos o la intervención de la ONU como esto se detendrá; es justamente porque esas estructuras fueron degradadas que hoy el poder avanza sin miramientos. No se puede reivindicar un pasado que, ni siquiera en su esplendor, fue suficiente para resolver los desafíos del futuro.
Finalmente: El nuevo orden mundial se está escribiendo hoy, y no lo están redactando los ideales, sino los hechos. Si nos limitamos a la nostalgia de viejas instituciones que ya demostraron su insuficiencia, quedaremos desadaptados. La tarea no es restaurar lo que se rompió, sino tener la audacia de rescatar lo útil para infiltrar una nueva ética en el diseño de lo que viene. El futuro no se recupera, se crea.
Repensarlo todo: El fin de las banderas del pasado
jueves, 8 de enero de 2026
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